Mermelada de moras salvajes: a donde el olfato nos lleve…

El otro día estuve en la quinta de mis padres, donde vi plantas de moras. A la vera del camino, habían crecido a la buena de Dios. Iba con mi abuela en el auto y ella dijo:

-¡Qué bueno sería comer dulce de moras!

Su frase me animó a ir a buscar las moras “moradas” valga la redundancia -también hay blancas-, con un recipiente grande (que mi madre creyó que no llenaría). Cruce el alambrado, me acerqué al árbol y comencé a ir entre las ramas, a tomar cada uno de los frutos, uno a uno.

mermelada-morasLuego, siguiendo mi intuición y con lo que tenía a mano, puse las moras en una olla y a ojo, le agregué azúcar. Empecé a cocinar, lentamente…  el olor que emanaba la fruta, me iba avisando como iba la mermelada.  Estuve atenta a lo que sucedía en ese momento y seguir a mis sentidos: esa fue la forma de hacer esta mermelada tan particular.

Mi experiencia en hacer mermeladas (siguiendo más o menos a una receta) fue puesta en cuestión y seguí el momento a momento. Lo revolví, y pude sortear la impaciencia de mi mamá, para que la sacara antes de tiempo. La mermelada tiene un punto justo, un momento de ebullición que no tiene un tiempo preciso, pero que está.

¿Cuántos procesos parecidos a hacer una mermelada vivimos a lo largo de nuestra vida? Procesos donde la atención a los detalles es necesaria, y el olfato nos guía más que los procedimientos… No todas las situaciones de la vida podemos encontrarlas en un manual, o mejor dicho: casi ninguna. Cómo criar una mascota, o cómo estudiar una carrera, cómo empezar un trabajo nuevo, son partes de la vida donde nos pueden aconsejar, pero siempre debemos encontrar nuestra propia manera de resolver lo que se nos presenta.

Y en las situaciones más simples y cotidianas, sobre todo en las que requieren un especial interés emocional: no hay recetas para eso, por más que nos quieran aconsejar, hay una única manera de sobrellevar los conflictos y es la que debemos descubrir, para nosotros, en cada caso.

 

Nuevos hábitos: Confiar en mí… y en la Vida

Estamos en marzo, en el “mes de la mujer”, de los inicios: parece que todo recomenzara en el ámbito laboral y de estudios.

Confiar en mí parece un mantra de moda, pero esta frase que parece mágica la he escrito en diferentes lugares y me aparece con fuerza hoy. Tanto sea para sostenerme en momentos difíciles, cuando hay que definir situaciones, tomar decisiones importantes, como también para tomarla como un nuevo hábito.

Cuando nada funcione, o si queremos que algo funcione: es la confianza en mí misma lo que me puede llevar a buen puerto. Hoy y siempre.

mujer-caminando retConfiar en mí, es creérmela que puedo lograr lo que anhelo. No es un “pensamiento mágico”; es trabajo orientado a objetivos, prestando atención también mis sentimientos, y tener la disciplina del día a día para ir escuchando mi voz interior y actuar en consecuencia. Paso a paso, recorriendo el camino que elija y confiando no solamente en mis pies sino también en la ruta elegida. Porque cuando nos proponemos algo seriamente, las oportunidades empiezan a aparecer. La gente que puede ayudarnos, las posibilidades de solucionar problemas. Las personas religiosas tienen diversas maneras de nombrarlo; en mi caso, pienso que nuestra atención está tan enfocada en lo que deseamos, que tenemos oportunidad de ver, escuchar y sentir posibilidades que estaban allí de antemano.

Confiar en mí también es lograr que pueda esperar que las situaciones decanten, que tenga una atención sobre las cosas pero que no llegue a obsesión, como por ejemplo esperar a que suene el teléfono con el “llamado”,  o que aparezca la oferta o la solución que quiero… Es lo que en otra nota llamamos “Wu Wei“: el hacer sin hacer. El saber que ya estoy haciendo lo posible, y que debo esperar a que los acontecimiento se desarrollen, a que la Vida siga su curso para obtener resultados.

Este sería un primer nuevo hábito. ¿Vos te animas a adoptarlo? Yo ya empecé!!!

Palabras clave: confianza, objetivos, desarrollo personal, habitos

Sin prisa pero sin pausa

En un artículo anterior, hablamos sobre la importancia que tiene pensar un objetivo concreto y posible.

Este objetivo, que es nuestro horizonte, no debe ocupar todo nuestro campo visual. ¿Por qué no? Porque si constantemente miramos el horizonte, es probable que tropecemos con algo en el camino que no vimos. Un objetivo no se realiza en un solo día. Generalmente, tiene varios pasos, se requiere hacer varias tareas menores para lograrse. Incluso podemos decir que uno no “hace proyectos”, sino que realiza esos pequeños pasos uno a uno, hasta que el proyecto termina.

TortugaPor eso es tan importante, si bien tener en claro adónde llegar, no perder el día a día, avanzar por poco que parezca. Si mi objetivo es tener un lindo jardín, el trabajo se hace todo el año. Si quiero tener un buen estado físico, debo entrenarme varias veces a la semana, con regularidad. Si quiero ahorrar… Etcétera.

La clave es ir haciendo todos los dias alguna tarea, por pequeña que parezca. Si dejamos de hacer un día, hacerlo al día siguiente, pero no perder la regularidad. Porque lo importante no es hacerlo todo rápido y terminar agotados, sino paso a paso, y llegar a destino. Haciendo todo lo posible por disfrutar el proceso, y reconociéndonos y celebrando los avances. Adquirir el hábito de la perseverancia en lo que deseamos, nos hará llegar tarde o temprano.

En medio de todo ese camino de miles de pasos, habrá obstáculos, caídas, paradas a descansar… Seguramente no todo será predecible y monótono. Pero esos imprevistos nos traerán la necesidad por adquirir habilidades: la necesidad de aprender.

Cuando hayamos alcanzado nuestro objetivo, meditemos también cuánto hemos aprendido en el camino.

 

Palabras clave: objetivos, avances, perseverancia, hábitos

La paciencia y las mermeladas

Hace como cinco años que hago mermeladas caseras. Empecé con una mermelada de frutilla, porque en esa época del año estaba barata: mire un par de recetas por internet y arranque con el preparado. La hice entre la receta y la intuición, como cualquier acto que hago en mi vida.
Preparar una mermelada parece una tarea “exótica” o se nos puede presentar como muy trabajosa. En parte, lo es porque hay que lavar la fruta, dejarla reposar y luego higienizar los utensilios, esterilizar los frascos y todo realizarlo en un ambiente limpio.
Sin embargo, creo que lo más difícil de la mermelada es cultivar la paciencia de no arrebatarla. Mermelada apurada, es incomible.
Hay que dejar que se cueza a fuego lento, a su tiempo (que nunca es exacto, sólo aproximado) revolviendo de a ratos, y estar ni muy cerca ni muy lejos. Una atención permisiva, no obsesiva.

Mermelada-de-frutillas¿No sería maravilloso poder hacer lo mismo con nuestras relaciones? Tener la paciencia de no sobrecargarlas, de cuidarlas, pero sin estar todo el tiempo encima… Y sobre todo, permitirnos saborear el resultado.

Sabemos que la mermelada “está” más por nuestro olfato que por nuestra vista. Tal vez, porque la civilización ha dejado a este sentido, tan necesario para otro momento de la humanidad, rebajado a una segunda categoría. Y sin embargo, tan necesario para situaciones que requieren de una decisión rápida.
La mermelada es un proceso y a la vez, un resultado. De nuestra acción y omisión, de nuestra paciencia o impaciencia.
Un sabor delicado se puede asomar entre la conjunción del azúcar con la fruta y deleitarnos, el cuerpo y el alma, dándole y dándonos más dulzura al mundo.

¿Usas tu olfato para detectar cuando las cosas marchan bien o no? Es un lindo entrenamiento pararse al lado de la olla y revolver, estar atentos y no perder ocasión de oler y probar qué tal va nuestra mermelada. ¿Te animas a preparar la tuya? Dale!!!!!! Y yo quiero probar también!

Palabras relacionadas: procesos, paciencia, relaciones, resultados

El gusto por los placeres sencillos (Parte 1)

Asociar el placer a la contemplación y la atención de lo que nos transcurre aquí y ahora, nos ayuda a cambiar la perspectiva de cómo percibimos las situaciones vitales. En este artículo, tratamos de vivenciar esta actitud.

Un jardín para mi balcón

Hace poco que vivo en un departamento que tiene balcón. Asi que este año incursioné en el maravilloso y desconocido para mí, mundo de las plantas. En realidad, viví rodeada de ellas, pero tenía un juicio sobre mí misma de que yo “no tenía mano para la plantas”. A lo sumo, para un potus de mi época de estudiante.

Pero hoy, el jardín que voy cultivando lentamente en mi balcón me da mensajes vitales muy significativos. Cada día, cada planta que parece igual que ayer, si la observás bien se estiró un poquito más buscando el sol, o la hoja está más decaída porque le falta agua. O te pide que la cambies de lugar porque no “le gustó” en donde la dejaste.

Continuando con la metáfora de las plantas, pero trasladándola a nuestra vida laboral, podemos hacer varias reflexiones.

Estar atenta  a los detalles es lo que hace diferente la forma en que nos vinculamos con el otro. Comprender al cliente, tal como es y no como nos gustaría que fuese, desde cómo ofrecer un servicio hasta la venta de un producto, adecuar la oferta a la demanda.

Otro aspecto es ser pacientes para que se genere la confianza que hace que los vínculos que establezcamos se “enraicen” en el tiempo. Enraizar en el sentido de buscar un nexo fuerte entre dos cosas, en este caso, entre las personas. Es sentar bases para una construcción estable y perdurable.

El crecimiento de los vínculos con buenas raíces nos dará la posibilidad de obtener resultados productivos y poder sortear las dificultades y adversidades en el diario vivir. Es decir que con buenas raíces obtendremos buenos frutos.

balcon con plantas

Si somos seres vivos como las plantas, hay algunos comportamientos que, aunque no se inscriban de la misma manera, también nos implican: necesitar del sol, del agua y estar en contacto con los demás, son también requisitos para una buena vida humana.Comencé con los pequeños actos de la vida y con hábitos que pueden aplicarse al mundo laboral, tanto si sos emprendedor o si trabajás en relación de dependencia. Aprendí, gracias a las plantas, que las verdaderas transformaciones son tan imperceptibles y sutiles a la diaria velocidad cotidiana que por eso nos sorprenden. Porque un día, sin saber cómo, ni cuando, ahí veo a esa planta que era un gajito pequeño hecha una señora planta.

Establezcamos relaciones con los demás, sin esperar un resultado inmediato y tangible. En algún momento, esa relación dará sus frutos… O quizás no. Pero la experiencia, por sí misma, es un fruto, un aprendizaje.

Y vos, ¿cultivás plantas?

 

Palabras clave: relaciones, cultivar, estar presentes