Regodearse en el dolor propio

Todxs hemos sido víctimas alguna vez. O bien por algo que sucedió, o bien por una interpretación de lo sucedido, que nos dolió. Normalmente, aquello que nos duele, a la larga, sana, y tomamos distancia, pudiendo ver las cosas desde otra perspectiva, o bien con el tiempo pierde relevancia.

Sin embargo hay otra situación que quizás a vos también te ocurrió… Con un duelo o una herida abierta que permanece abierta por un tiempo inusualmente largo. Somos víctimas, pero en vez de corrernos de ese papel y sanar, seguimos escarbando en la herida para seguir en ese lugar. Buscamos un culpable, lo encontramos, y permanecemos allí, señalándolo. Quizás lo que nos sucedió fue, de veras, horrible. Pero quizás… Hay otra interpretación.

De la misma manera que hay imágenes de dolor que nos horrorizan pero al mismo tiempo no podemos dejar de mirar, hay también un lugar del dolor propio que nos fascina. Ese morbo por el dolor es como cuando, siendo niñxs, nos lastimamos y nos chupamos la herida, y la sangre nos resulta sabrosa…

Y si el único vínculo que tuvimos con una persona fue a través del dolor (un padre distante, una madre inflexible, un amor no correspondido o violento), es a través del dolor como la recordamos. Un mecanismo que nos hace revivir lo conocido: aquello que, aunque sea espantoso, es nuestro “lugar seguro”. Y de ahí sale, quizás, la frase “el amor duele”. Como si reivindicara que, cuanto más duele, más válido es nuestro amor.

Y este artículo va más allá de un ego herido por un amor no correspondido. Quizás en nuestra adolescencia nos enamoramos de alguien que jamás nos dio oportunidad de acercarnos, y sentimos que fuimos despreciados: una herida narcicista, una herida del ego. “¿Por qué no me quiere?”, como si la otra persona estuviera obligada a correspondernos. No, no escribo hoy sobre eso. Sino más bien de una relación establecida, asimétrica, dañina, que quién sabe por qué aceptamos en primer lugar, para sufrir. Porque de niñxs, no pudimos elegir cómo relacionarnos, pero sí podemos hacerlo desde nuestra adultez. Si nos preguntamos “¿para qué estoy en esta relación?” seguramente encontraremos miles de excusas… pero en el fondo una sola: para sufrir. Para seguir saboreando nuestra propia sangre y regodearnos de nuestro propio dolor.

¿Cómo salir de esta trampa? ¿Cómo desprendernos de esta adicción al sufrimiento? Primero identificarlo, lo cual requiere una dosis no menor de valentía. Mirarse al espejo, reconocer lo que es amor y lo que definitivamente no lo es.

Luego, como dicen por ahí: las adicciones no se curan, sino que se reemplazan. ¿A qué otra cosa, otra forma de relacionarme, puedo ser adicta? Este es un camino tortuoso, pero muy genuino. No es una “solución rápida e indolora”, sino una búsqueda de un hobby, de una actividad, de “algo” que reemplace esa obsesión por lo dañino, con una obsesión por algo constructivo.

En esa búsqueda quizás tropecemos de nuevo, tengamos recaídas como por ejemplo relacionarnos con otra persona diferente, mujer-caminando retpero de la misma manera dañina… Saber identificar a tiempo las señales de repetición de comportamientos que son autodestructivos es imprescindible. Tener la honestidad de atar cabos y descubrir una repetición, para salir de ella, y saber pedir ayuda para identificar esto.

Y al final de nuestra búsqueda, de esta especie de “misión heroica”, encontraremos otras razones para, ya no “regodearnos”, sino disfrutar genuinamente. Para salir de ese lugar de sufrimiento, y caminar hacia un espacio de plenitud.

¿Te reconocés en este comportamiento? Te invito a autoexplorarte…

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¿Cómo nos estamos relacionando?

En este post, vuelto a escribir a cuatro manos y que sale de una charla de domingo por whatsapp, conversábamos acerca de cómo nuestras relaciones van cambiando. Nos dimos cuenta de a veces caemos en un círculo de acción y reacción, en donde si bien nos sentimos en terreno conocido, no nos resulta cómoda ni del todo placentera la situación. Para pensarnos, se nos ocurrió una comparación con un juego.

¿Jugaste al Go alguna vez? es un juego japonés, milenario. go ret.pngHay quien dice que es mucho más complejo que el ajedrez, y eso que solamente tiene piezas blancas y negras. El juego consiste en ocupar la mayor parte del tablero con nuestras fichas, poniéndolas de a una por vez, y retirando piezas de nuestro contrincante, “ahogándolas” para tomarlas.

Hay una jugada que se llama “Ko”: es una jugada prohibida. El Ko consiste en que, dada una jugada para tomar una pieza, el contrincante puede hacer una jugada simétrica para recuperar su pieza. Este movimiento está prohibido porque se podría hacer una jugada y su respuesta indefinidamente, llevando el juego a una repetición interminable.

Creo que se puede ver como una analogía de situaciones y respuestas que dan lugar a un ahogamiento en una relación. Hago esto, la otra persona hace un movimiento análogo, y así indefinidamente, sin llegar a ningún resultado, repitiendo conductas que no nos dejan fluir. Discusiones que se repiten una y otra vez, sin llegar a un acuerdo y diciendo casi palabra por palabra lo mismo. La propuesta es usar la regla del Ko: “No juego más a esto”.  Cuando nos damos cuenta de esto, podemos “jugar” a otra cosa, sin caer en Ko. O podemos, siguiendo con la analogía, abandonar el juego y decidir que con esa persona ya no nos interesa relacionarnos.

Ya dejando el juego de lado, las relaciones humanas son muchísimo más complejas que el Go. Y, por supuesto, siempre se puede buscar otra vía de acción u otra manera de relacionarnos. Pero ¿qué sucede cuando la otra persona se ha acostumbrado a relacionarse de una manera dañina para mí? Quizás recién ahora soy capaz de verlo y actuar en consecuencia…

Como conclusión de esta charla llegamos a que quizás lo importante es verlo: ese momento donde prácticamente nos damos la mano contra la cabeza: “¿Cómo llegamos a esto?”. El curso de acción dependerá mucho de nuestras posibilidades de renegociar cómo relacionarme, o bien de simplemente alejarme.

¿Estuviste en Ko alguna vez?

Te dejamos un video de cómo jugar Go:

 

El enojo que resuelve

La primera vez que vi esa frase, en un libro del Dr Levy sobre emociones, me llamó la atención por lo contradictoria. Supuse que ese era el efecto buscado: una cuestión de publicidad. Pero luego, al trabajar con esta emoción y no solamente con la mirada de Levy, me di cuenta de su veracidad.

Como una primera aproximación al enojo: ¿por qué nos enojamos? ¿qué cosas nos causan enojo? Por lo general, el enojo se nos dispara por una expectativa no cumplida. Puede ser desde una cita a la que nuestro amigo llegó impuntual (la expectativa era acerca de un horario) o por una tarea que encargamos a alguien que no la terminó o no se encargó (la expectativa era acerca de la realización de esa tarea). Por tanto podemos concluir: cualquier expectativa que tengamos sobre los demás, e incluso sobre nosotrxs mismxs, si no se cumple, puede causarnos enojo (también tristeza, pero no es el tema de esta nota). ¿Quiere decir esto que no debemos tener ninguna expectativa sobre lxs demás? Bueno, quizás eso es algo extremo. Pero sí, al identificar nuestras expectativas, podemos manejar el enojo. ¿De qué manera?

-Mirá, esperaba que hicieras “esto”, de acuerdo a lo que acordamos… ¿Qué podemos hacer para que no me sienta frustrada con esto?

Estamos buscando alternativas al enojo, a explotar y decir cosas de las cuales quizás nos arrepintamos más tarde.

¿Y qué pasa cuando el enojo es conmigo? Porque no supe hacer algo, cortar con una situación injusta quizás, porque no rendí como debía… Ahí podemos ver que tenemos como dos “vocecitas” internas: esa que nos critica y nos castiga, y otra que, débilmente, se defiende. Podemos escuchar cómo nos maltratamos por haber fallado, y cómo tratamos de no sentirnos tan mal.

Pero la verdadera novedad es que siempre, siempre, el enojo es conmigo. Ya sea por poner expectativas elevadas con mi comportamiento o con el de los demás. Esto no quiere decir que no tengamos que hacer nada al respecto, sino todo lo contrario: “blanquear”, dar a conocer nuestras expectativas, nos ayuda a superar el enojo. A RESOLVER. Y una vez que puse a la vista eso que deseaba que pase y no sucedió, decidir qué hacer.

Muchas veces nuestro enojo es contra un maltrato: ¿cómo fue que llegamos a una situación donde permitimos que nos maltraten? Otras veces, acerca de una demostración de cariño que nunca llegó, o lo que nosotrxs consideramos que es una demostración de cariño según nuestros estándares. ¿Por qué pretendo que todo el mundo se exprese como a mí me gustaría?

La cuestión es una y otra vez volvernos hacia nosotrxs y pensar qué cambiar en nuestra propia persona para soltar, para liberar eso que nos ata en el enojo, y actuar en consecuencia. No frenarlo, porque eso lo único que hará es retrasarlo y volverlo peor, sino encauzarlo.

¿Fácil? No, para nada. ¿Necesario? Yo diría que imprescindible.

San Valientín

No, no me equivoqué en el título. Quizás el origen del nombre “Valentín” sea la valentía, no lo sé. Sí sé que para amar se necesita mucha valentía.

En este día tan comercial, nos venden desde bombones hasta almohadones para congraciarnos con alguien, ya sea para pedir perdon como para demostrar genuino cariño. ¿Cómo abstraerse de semejante lluvia de corazones? Para lxs que están solxs o recientemente rompieron, es una tortura…

Sería muy poco original si me preguntara aquí “¿qué es el amor?” cuando lxs poetas más inspirados ya han gastado tanta tinta y papel en eso. No puedo más que hacer una reflexión personal sobre lo que aprendí del amor, transitando este mundo.

Y lo primero que puedo decir es lo que el amor NO ES (para mí). El amor no es posesión del ser amado, ni vigilancia sobre sus actos, ni violencia en cualquier forma, ni querer cambiarlo, aunque sea “para bien”. El amor tampoco es estar esclavizado a los caprichos de un/a otrx, sintiéndose que si esa persona se va de nuestro lado, no somos ni valemos nada, como dicen muchas canciones.

Tampoco creo que el amor sea lo que nos completa en la vida, y que haya una única persona que pueda llenar ese espacio… Como verán, no soy lo que tradicionalmente se llama “romántica”.

Y entonces, ¿por qué cuernos se me ocurre hacer una nota de San Valientín? Porque a pesar de todo eso, amo, y mucho. He pasado por diversas etapas y he descubierto que el apego puede matar al amor. Que muchas veces quien es desapegadx siente una clase de amor que considero más genuino que el amor romántico, el de las flores y los bombones. Quien no se apega a su ser amado, lx deja ser como es, sin exigencias del tipo “si me amaras harías… ” tal o cual cosa.

Si no puedo soportar que la otra persona no cambie para que me termine de gustar, ¿de verdad la estoy amando? ¿O lo único que busco es un espejo, o quizás un monigote a control remoto? Si, como otra salida, elijo “aguantar” los defectos de mis relaciones, ¿de verdad estoy amando? ¿o sólo esperando a que se produzca una pelea?

Por supuesto que hay consensos en las parejas y en las relaciones en general, y para eso previamente seguro hubo conflicto y dolor. Inevitable. Pero si ese consenso es genuino, si acordé que determinado comportamiento era el esperado, no debo sabotearlo, socavando de esta manera la confianza que me fue depositada. Y si la persona que tengo a mi lado tiene características que me son insoportables… Preguntarme si de verdad quiero que estemos juntxs, en lugar de suplicar que cambie.

Y volviendo al título: ¡hay que ser muy valiente para amar! Y para expresarlo, aún a riesgo de rechazo… Porque si amo verdaderamente, como dice el Indio Solari, lo unico que le deseo es el bien al otro (o la otra). Si esa persona no me ama, ¿por eso voy a dejar de amarla? Sería un amor muy trucho, ¿no? Si lo que busco es una pareja, bueno, mejor que me fije en otrx. Pero si lo que busco es nada más y nada menos que la maravillosa experiencia de amar… Nadie, nadie puede impedírmelo. Primero, sabiendo que soy una persona completa; luego, amando aunque no haya garantías de que vaya a ser perfecto.

Me quedó larga la nota, pero es genuina, y hasta podría seguirla. Esta es mi experiencia y estos, mis pensamientos… Espero que puedas amar y ser feliz, que no es poco.

 

Nuevos comienzos, viejos propósitos

“¡Feliz año nuevo!”

Pareciera que el año nuevo nos diera luz verde para soñar, para pensar que “este año finalmente…” lograremos aquello que nos propusimos. Lamentablemente muchas veces no pasa de una ilusión, y el año que parece nuevo, al llegar a febrero ya tiene olor a naftalina: la vieja rutina de siempre. ¿Por qué? ¿Por qué nos limitamos a soñar solamente en año nuevo? ¿Por qué decimos que vamos a empezar la dieta un lunes? ¿O anotarnos en el gimnasio en Septiembre?

El deseo puro no hace que se concreten los proyectos. Y así, año tras año, nos proponemos hacer por fin tal viaje, bajar de peso, hacer una vida más saludable, ampliar la casa… y un sinnúmero de propósitos que, una vez que vemos la lista, nos desanima.

¿Qué hacer para salir de esa trampa y no desanimarnos antes de tiempo?

Lo que a mí suele funcionarme son varias cosas:

  • No hacer listas de propósitos enormes y larguísimas. Ya habrá tiempo para esto, para lo otro. Si el mismo año me propongo hacer dos cosas que llevarán mucho dinero o demandarán demasiado tiempo juntas, quizás sea mejor idea hacer una de esas cosas y la otra dejarla para el año que viene. Sin culpa, sabiendo que podré enfocarme mejor.
  • Conseguir “cómplices”. Si empezar a ir al gimnasio me da mucha pereza o me aburre, buscar alguien que quiera empezar conmigo. Si quiero hacer un viaje, entusiasmar a un amigo y compartir esa experiencia y, de paso, los gastos.
  • Buscar alternativas. Si aparecen obstáculos, no quedarme con la frustración, sino buscar de qué manera puedo hacer lo que quiero o algo parecido. Por ejemplo si el gimnasio no me gusta, buscar una clase de danza o unirme a un grupo de ciclistas.
  • ¡Llevar una agenda! Mi agenda es casi un diario íntimo, y anoto los compromisos, reuniones y demás, pero también cómo me fue esa semana. Cada tanto miro el camino recorrido, como para observar avances. Y si no veo que haya adelantado nada, también es una alerta para activar.

Pero sobre todo:

  • Enfocarme en el proceso, más que en la meta. De vez en cuando, chequear que estamos en el rumbo correcto; pero mientras tanto, disfrutar de planear un viaje, de comprar los materiales para construir parte de mi casa, de lo que me voy fortaleciendo en el gimnasio o lo que aprendí en la clase de idiomas en que me anoté. ¿Estoy disfrutando de esto? ¿O es sólo una imposición externa?

Puede suceder que en el proceso de realizar un proyecto, aprenda cosas enriquecedoras o conozca gente interesante… Aún sin lograr al 100% lo que me propuse, la experiencia vale la pena.

Y vos, ¿qué te propusiste este año?

Si necesitás de un empujoncito para “tirarte a la pileta”, no dudes en contactarme. A veces una conversación con un coach puede aclararte el panorama.

 

 

 

Brindis 2018

Sobre una reflexión (“la piedra”) de Antonio Pereira, va versión mía:

 

En el camino encontrarás piedras. 
Hay quien, distraído, tropezará.
Quien las levante para arrojarlas contra una injusticia.
O aquel que las use para construir.
Algún caminante se sentará a descansar sobre ellas.
También el que, con espíritu infantil, arme un juego.
Otras personas, artistas, que las tallen o pinten.
Las mismas piedras, distintos observadores…
¿Cuál papel querés asumir? 
 
Brindemos por un 2018 lleno de posibilidades y elecciones libres.

CENTRAMIENTO – Espíritu

Pasaron varios días desde que escribí la última reflexión. Más allá de mis múltiples ocupaciones, no me sentía “centrada”, sino en desequilibrio. Así que estuve siguiendo una meditación online, todos los días, y reflexionando un poco.

¿Y qué es estar “centrada” para mí? Varias cosas, todas en un estado. Por un lado, no poner expectativas en los demás, sino en mí misma, porque es a quien puedo cambiar. Sí hacer oír mi voz, pero sin pretensiones de única verdad. Dar lo mejor de mí misma, para estar contenta, no por una exigencia exterior. Por otro lado, sentir que todo el amor qe necesito ya lo tengo de mí misma. Por añadidura, tengo muchas personas que me rodean, a quienes puedo dar amor y ellxs me lo darán a su manera. Sabiendo estar a solas conmigo, y en plenitud, relacionarme con otras personas es más fácil y fluye más, porque no necesito “completarme” con la otra persona, generando cargas en una relación.

Estar centrada es encontrar mi propio espíritu y mis propios recursos para tenerlos disponibles cuando lo desee. Es tener una intención, y confiar en que todo lo que suceda se irá alineando para conseguirlo, si es genuino. ¡Ya lo vivencié muchas veces!

Saber que mi fuego interior puede guiarme a la acción con resolución y también marcar el camino a otrxs, iluminar sin quemar.

Que mi aire me servirá para pensar con cuidado, y adaptarme a las circunstancias, con flexibilidad.

Y mi agua escuchará las emociones que son parte importante de mi ser, con apertura hacia  los demás.

Y saber también que necesito de mi tierra para recordar de donde vengo y afirmarme en mi identidad cuando lo necesite.

Todo esto puedo encontrar cuando le presto atención a mi centro, a mi espíritu, en silencio.

Y vos, ¿cómo logras centrarte?

 

Este es el quinto de una serie de cinco artículos sobre los elementos naturales y las disposicones corporales de coaching.